Declarar la guerra al hambre
Quizá la verdadera guerra que deberíamos librar no es la que enfrenta a unos pueblos con otros, sino la que nos enfrenta a nuestra propia indiferencia. Ninguna vida es prescindible y ningún estómago vacío es un asunto secundario
Hay guerras que se anuncian con trompetas y otras que se libran en silencio. Las primeras llenan los informativos; las segundas apenas rozan nuestra conciencia. Mientras el mundo se acostumbra al estruendo de los misiles y al lenguaje inflamado de la geopolítica, millones de personas mueren cada año sin ruido, sin épica y sin titulares: mueren de hambre. Por eso resulta tan profundamente provocador que Manos Unidas haya elegido este año un lema tan claro como incómodo: «Declara la guerra al hambre». No es una consigna agresiva, sino una llamada moral que apunta al corazón de una de las mayores injusticias de nuestro tiempo.
Porque el hambre no es una fatalidad de la naturaleza, como los terremotos o las sequías. El hambre es una construcción humana. Brota allí donde los sistemas económicos convierten el alimento en objeto de especulación, donde las tierras se concentran en pocas manos, donde la pobreza se hereda y la dignidad se aplaza. Decir que alguien pasa hambre hoy no es describir una desgracia inevitable, sino denunciar un fracaso colectivo. En un mundo capaz de producir alimentos de sobra para todos, el hambre solo puede explicarse como una forma de injusticia organizada.
La violencia persistente
El hambre, además, no grita: susurra. No irrumpe con explosiones ni columnas de humo, sino con cuerpos que se apagan lentamente, con niños que no crecen, con madres que miden cada grano de arroz. Es una violencia discreta, persistente, que no suele ocupar portadas porque no altera el orden de los poderosos. Y quizá por eso la toleramos con una mezcla de lástima y resignación, como si fuera parte inevitable del paisaje humano, cuando en realidad es uno de sus escándalos más intolerables.
La campaña de este año nos invita a cambiar el marco desde el que miramos esta realidad. No basta con “ayudar”, con aliviar de vez en cuando las consecuencias de un sistema injusto. Declarar la guerra al hambre significa tomar partido, reconocer que estamos ante un enemigo real que tiene nombres y estructuras: desigualdad, expolio, indiferencia, codicia. Significa aceptar que nuestra manera de consumir, de votar, de mirar y de vivir tiene impacto directo en la vida de personas que nunca conoceremos, pero de las que, sin embargo, somos misteriosamente responsables.
Vivimos en un mundo conectado por hilos invisibles de comercio, de deuda y de poder. Cada alimento que se desperdicia, cada precio que se infla, cada frontera que se cierra, repercute en alguna mesa lejana donde alguien deja de comer. Pensar que el hambre es un problema de otros países, de otros continentes, es una de las grandes ilusiones morales de nuestro tiempo. La globalización no solo ha unido los mercados: ha unido también las conciencias, aunque todavía no sepamos vivir a la altura de esa interdependencia.
Canarias, tierra de frontera y de orilla, no puede mirar esta realidad como si le fuera ajena. Aquí llegan cada día personas que huyen del hambre y de la miseria, y aquí sabemos también que la pobreza puede esconderse detrás de cifras macroeconómicas y fachadas turísticas. Somos una sociedad que ha conocido la necesidad y la emigración, y precisamente por eso deberíamos ser especialmente sensibles a la fragilidad ajena. La solidaridad no es un gesto romántico: es una responsabilidad ética que nace de la memoria y del reconocimiento de nuestra propia vulnerabilidad.
Quizá la verdadera guerra que deberíamos librar no es la que enfrenta a unos pueblos con otros, sino la que nos enfrenta a nuestra propia indiferencia. Declarar la guerra al hambre es, en el fondo, declarar la paz con la dignidad humana. Es decidir que ninguna vida es prescindible y que ningún estómago vacío es un asunto secundario. Y esa es una batalla que merece ser peleada, también —y sobre todo— desde los gestos pequeños, cotidianos y perseverantes que, sumados, pueden cambiar el rostro del mundo.



