Desarmemos el lenguaje
Tal vez uno de los ayunos más necesarios de esta Cuaresma sea el ayuno de la ironía hiriente, de la crítica destructiva, del comentario que divide
En el inicio de este tiempo cuaresmal resuena con fuerza una invitación reciente del León XIV: «Desarmemos el lenguaje». No es una consigna retórica, sino una llamada profundamente evangélica. También nuestras palabras necesitan conversión. También nuestro modo de hablar puede convertirse en espacio de gracia… o de herida. La Cuaresma, que nos invita a revisar la vida a la luz del Evangelio, alcanza igualmente el tono, las expresiones y la intención con que nos dirigimos a los demás.
Quienes formamos parte de Cáritas Diocesana de Tenerife -personas contratadas, voluntariado y colaboradores- sabemos que el servicio no se realiza solo con recursos o programas, sino con presencia y palabra. En la acogida, en la escucha, en la orientación, una frase puede aliviar la carga de quien sufre o, sin querer, aumentar su fragilidad. El cansancio, la urgencia o la presión pueden endurecer el tono. Por eso la invitación del Papa es también para nosotros: desarmar el lenguaje es hacer más evangélico nuestro servicio.
El valor de la palabra
Desarmar el lenguaje significa renunciar a la etiqueta rápida, al juicio simplificador, al comentario que clasifica a la persona por su dificultad. Significa recordar que nadie se reduce a su expediente, a su error o a su carencia. En la tradición cristiana, la palabra tiene un valor sagrado: Dios mismo se ha hecho Palabra. Cuando nuestras palabras respetan, acompañan y sostienen, se convierten en eco humilde de esa Palabra que salva.
La conversión cuaresmal alcanza también nuestras relaciones internas. Una institución eclesial no se define solo por la eficacia de sus proyectos, sino por la calidad fraterna de sus vínculos. En los equipos de trabajo, en las reuniones, en la coordinación diaria, el modo en que nos hablamos construye comunión… o la debilita. Desarmar el lenguaje es optar por la escucha paciente, por la corrección respetuosa, por la gratitud explícita. Es comprender que la misión compartida exige un estilo coherente con el Evangelio que anunciamos.
En una sociedad marcada por la polarización y la descalificación, la comunidad cristiana está llamada a ofrecer un testimonio distinto. No podemos anunciar reconciliación si nuestro lenguaje reproduce confrontación. Tal vez uno de los ayunos más necesarios de esta Cuaresma sea el ayuno de la ironía hiriente, de la crítica destructiva, del comentario que divide. Y, al mismo tiempo, el ejercicio activo de palabras que animan, que reconocen la dignidad, que generan esperanza.
Coherencia evangélica
La Cuaresma nos conduce hacia la Pascua pasando por la cruz. Allí contemplamos a Cristo que responde a la violencia con el perdón y al insulto con la misericordia. En esa escuela aprendemos que la verdadera fortaleza no está en imponerse, sino en amar hasta el extremo. Desarmar el lenguaje no es debilidad; es coherencia evangélica.
Que este tiempo santo nos ayude a revisar nuestra manera de hablar en cada espacio de nuestra misión: en la acogida, en la gestión, en la coordinación, en el trato cotidiano. Que cada palabra pronunciada en el marco de nuestra tarea eclesial sea signo de respeto y esperanza. Porque cuando el lenguaje se convierte, el servicio se hace más humano; y cuando el servicio se humaniza, el rostro de Cristo se vuelve más visible entre nosotros.



