La visita del Papa y la ruta atlántica
La verdadera solidaridad global no consiste solo en recibir con humanidad a quienes llegan, sino en trabajar para que nadie se vea obligado a abandonar su tierra, su cultura y sus vínculos para sobrevivir
Está confirmado: el papa León XIV visitará Canarias el próximo mes de junio, en el marco de un viaje que incluirá también Madrid y Barcelona. No se trata de una visita más ni de una escala protocolaria. La presencia del Papa en las islas tiene un significado que va mucho más allá de la agenda eclesial y apunta directamente a una de las grandes heridas abiertas de nuestro tiempo: la ruta atlántica de las migraciones.
Ya el papa Francisco había expresado en varias ocasiones su deseo de acercarse a Canarias. No pudo hacerlo, pero dejó clara la dirección de su mirada pastoral. León XIV recoge ahora ese testigo. Y al hacerlo, sitúa a estas islas -tan asociadas al turismo y a la hospitalidad- en el centro de una reflexión incómoda pero necesaria: la de una frontera donde se cruzan la esperanza y la tragedia, la vida y la muerte.
Conflictos olvidados
La llamada ruta atlántica no es solo un fenómeno migratorio. Es un síntoma profundo de desorden global. Habla de países empobrecidos, de conflictos olvidados, de jóvenes sin horizonte, de familias que se juegan la vida porque no ven otra salida. Habla también de un mundo que ha aprendido a gestionar el sufrimiento desde la distancia, convirtiendo a las personas en cifras y a las tragedias en rutina informativa.
Que el Papa venga a Canarias es, ante todo, un gesto moral. No viene a ofrecer soluciones técnicas ni a sustituir a las instituciones políticas. Viene a recordar lo que nunca debería olvidarse: que ningún ser humano es ilegal, que la dignidad no depende del lugar de nacimiento y que la vida no puede ser tratada como daño colateral de los equilibrios económicos o diplomáticos.
Francisco lo hizo con gestos elocuentes en Lampedusa, Lesbos o Marsella. León XIV parece continuar esa línea, pero con una novedad significativa: pone el foco en una frontera menos visible para Europa, pero no menos sangrante. Canarias entra así en el mapa moral del mundo, no como periferia, sino como lugar donde se decide el tipo de humanidad que estamos dispuestos a sostener.
Estas islas saben bien lo que significa emigrar. Nuestra historia está marcada por la partida forzada, por la búsqueda de futuro lejos de casa. Tal vez por eso el drama de quienes llegan en pateras no debería resultarnos ajeno, aunque el cansancio social, el miedo o la mala gestión política amenacen con anestesiar la compasión.
La Iglesia insiste -a veces contra corriente- en una idea sencilla y exigente: no basta con administrar la emergencia; hay que cuidar la humanidad. La visita del Papa no resolverá el fenómeno migratorio, pero puede ayudarnos a no perder el alma en la forma de afrontarlo.
Punto estratégico
Canarias no es solo un punto estratégico en el Atlántico. Es hoy un espejo incómodo. Un lugar donde se pone a prueba si seguimos creyendo que la persona está en el centro o si hemos aceptado que la vida vale según su utilidad. Que el Papa venga aquí es una llamada de atención. Y también una oportunidad.
Pero la mirada del Papa -también la de León XIV, en continuidad con Francisco- no se agota en la acogida. Hay una palabra incómoda que no deberíamos olvidar: el derecho a no emigrar. Porque la verdadera solidaridad global no consiste solo en recibir con humanidad a quienes llegan, sino en trabajar para que nadie se vea obligado a abandonar su tierra, su cultura y sus vínculos para sobrevivir. Defender ese derecho implica asumir responsabilidades compartidas: económicas, políticas y morales. Implica preguntarnos por las causas profundas que empujan a cruzar el mar y reconocer que mientras haya personas que se jueguen la vida en una patera, el mundo seguirá teniendo una deuda pendiente con la justicia.
Porque a veces, antes de cambiar las políticas, es necesario reordenar la conciencia.



